Marcelo Delgado

Sunday, February 11, 2007

Enamoramiento


"En vísperas del Día de San Valentín : qué ocurre cuando nos enamoramos y qué le depara el siglo XXI al vértigo de la pasión; el enamoramiento hace las delicias de literatos y románticos.
Los franceses acusan el golpe del coup de foudre; los ingleses se precipitan y caen en el amor (to fall in love); nosotros sucumbimos ante el impacto del flechazo. En cualquier latitud, tiempo o circunstancia, el enamoramiento siempre ha tenido algo de violento, súbito, arrasador. “Recibe un millón de besos, pero no me los devuelvas porque me queman la sangre”, le escribía Napoleón Bonaparte a Josefina de Beauharnais. Con retórica sin duda diferente, cada quien ha sentido las delicias y el tormento de un sentimiento destinado a ser excepcional: difícil vivir en permanente estado de vértigo, ensoñaciones y taquicardia. Difícil, asimismo, sostener ese estado próximo a la locura que les permite a dos perfectos desconocidos decidir, de repente y sin demasiadas mediaciones, que han nacido “el uno para el otro”. “Es una dulce patología”, sugiere el psicoanálisis. “Una excusa de la evolución para perpetuar las especies y los genes”, propone la biología. Honrado por la literatura y las artes de todos los tiempos, el enamoramiento nos ha mostrado siempre nuestro costado más irracional. Pero también ha dado cuenta de nuestra más íntima vocación de encuentro con el otro, el preludio inevitable para que surja el amor. Un enroque de emociones que parece tener pronóstico reservado en el individualista y desconfiado siglo XXI. La trama oculta En la antigüedad se creía en espíritus animales que poseían a los enamorados. Nada muy diferente de los conocidos caprichos de Cupido, ese dios romano al que poco le importaba la suerte de quienes recibían sus flechas. Evidentemente, no es nueva la sensación de que el arrebato amoroso acontece más allá de la voluntad o los intereses de los implicados. El enamoramiento no se planifica; simplemente ocurre. Arrasa. “Esta soberana fuerza, que atrae, exclusivamente, uno hacia otro, a dos individuos de sexo diferente, es la voluntad de vivir, manifiesta en toda la especie”, escribió, en el siglo XIX, Arthur Schopenhauer. Este filósofo alemán no pensaba en términos de espíritus naturales, sino de finalidades metafísicas. “La generación venidera, con su determinación absolutamente individual, empuja hacia la existencia –asegura en El amor, las mujeres y la muerte–. Esta energía, este ímpetu, es precisamente la pasión que los futuros padres experimentan el uno por el otro.” El filósofo encontraba en esta poderosa pulsión la explicación a los “amores prohibidos”, esos romances poco convenientes para las exigencias sociales, pero, a su criterio, necesarios para la renovación genética de la especie. Más de un siglo y mucho trabajo de laboratorio después, la ciencia postula explicaciones similares. “Hay elementos conscientes e inconscientes en la elección de pareja, aunque en definitiva todos se remiten a la posibilidad de que nos dé hijitos sanos”, dice, con su estilo desacartonado, Diego Golombek en el libro Sexo, drogas y biología (Siglo XXI). Los signos de belleza, entonces, no serían más que indicios de salud y fertilidad: mayor crecimiento de la mandíbula y vello facial en ellos; curvas, labios gruesos y rasgos armónicos en ellas. “La sensualidad clásica femenina que deja boquiabiertos (o vociferantes) a los obreros de la construcción está diciendo: mirame, mirame, mirame, soy muy fértil, con mis pechos y mis caderas, lista para la reproducción de la especie”, asegura Golombek. El olfato también tiene un papel fundamental: al olerse (y más allá de que conscientemente ni lo registren) los enamorados están percibiendo si son compatibles genéticamente. Pero la explicación biológica no basta en estos tiempos de “sexualidad plástica”. El término lo creó el sociólogo británico Anthony Giddens para definir el surgimiento de “una sexualidad descentrada, liberada de las necesidades de la reproducción y del desmedido predominio de la experiencia sexual masculina”. Por otra parte, si el enamoramiento se rige por el secreto deseo de perpetuar la especie, ¿cómo explicar la intensidad del amor homosexual? “En definitiva, no sabemos qué origina la orientación sexual de una persona: los genes, los cambios prenatales, el ambiente familiar, las primeras relaciones –explica Golombek–. Muy posiblemente se trate de una coctelera de causas sociales, genéticas y ambientales, de la cual salimos todos nosotros.” Ahora bien, cuando en la cima de la pasión –y sea cual sea su elección sexual– los amantes se maravillan ante su “buena química”, están siendo mucho más literales de lo que ellos mismos suponen. “Luego de tener relaciones, el cerebro libera la hormona oxitocina, que ayuda a querer quedarse con el compañero/a de turno; así que cuidado: uno puede pensar que es sólo sexo, pero el día menos pensado se levanta con ganas de envejecer junto a la pareja ocasional”, continúa Golombek. La amable oxitocina disminuye la actividad de zonas del cerebro vinculadas con el miedo y la desconfianza. El enamoramiento inhibe regiones cerebrales destinadas al pensamiento crítico y activa un neurotransmisor llamado dopamina, vinculado con la motivación y la recompensa. De allí al nirvana, poco queda. Salvo las ganas de repetir la experiencia. Una dulce ceguera “Que el amor sea una sorpresa no significa que toda persona sea sorprendente. Uno se enamora de cualquiera en cualquier lugar”, afirma, desafiando siglos de romanticismo, el neurólogo, psiquiatra y etólogo Boris Cyrul nik. Sin embargo, ese “cualquiera en cualquier lugar” no estaría regido por al azar, sino por algo mucho más preciso: la historia de cada individuo. En el libro Bajo el signo del vínculo plantea que, para entender los mecanismos que regulan las distintas maneras de enamorarse, hay que remontarse a la primera revelación amorosa. Aquella que siente el bebé recién nacido cuando, aterrado, con frío, en un medio repentinamente nuevo y hostil, escucha una voz conocida, percibe que una tranquilizadora suavidad lo envuelve, le da calor, lo alimenta y lo sumerge en su aroma protector. Acunado por su madre, ingresa en un paraíso sensorial. El mismo que intentamos evocar cuando nos dejamos llevar por las embriagadoras aguas del enamoramiento. “Al individuo aislado le resulta muy difícil enfrentar la angustia que lo amenaza cada día –explica Hugo Litvinoff, miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina–. Entonces, tiende a construir la ilusión de encontrar un amor que sea un bálsamo para todas sus heridas, un vínculo en el que el bienestar permanente se encuentre al alcance de la mano.” Así comenzarían las relaciones amorosas: con un “ingenuo engaño” llamado enamoramiento por medio del cual “el individuo cree haber encontrado a un ser perfecto, hecho a su medida, predestinado para él. Y así como el otro es maravilloso, él también es esencial, importante y perfecto para la persona que lo ama –aclara Litvinoff–. Tarde o temprano, este espejismo cae, y con gran sufrimiento y desilusión el individuo se encuentra con la persona real, cargada como él mismo de fallas y limitaciones. Es entonces cuando aparece el gran desafío de pasar del enamoramiento al amor genuino”. Para Cyrulnik, el enamoramiento tiene una específica función biológica: crear las condiciones para el apego, ese vínculo que dos personas tejen día a día, no sin dificultades. El “flechazo” ocurre, además, en momentos muy precisos, cuando nuestro organismo, nuestras estructuras psíquicas y el entorno social nos vuelven especialmente vulnerables. “La oportunidad, o timing, del enamoramiento depende de la hora que marca un reloj biológico cerebral y de circunstancias sociales”, señala Alberto Orlandini, médico especializado en psiquiatría. Sólo bajo ese estado de extremada sensibilidad, tormenta hormonal y “dulce ceguera” es que nos tornamos aptos para recibir al otro. Cuando el torbellino pasa, apenas quedan la realidad y un limitado, frágil, incipiente vínculo. No obstante, “hay quienes pueden encontrar en las limitaciones del otro y las propias un incentivo para el amor, la ternura, el compañerismo y la sexualidad”, asegura Litvinoff. Cuestión nada sencilla en esta época. Según el sociólogo Zygmunt Bauman, la fluidez, fragilidad y transitoriedad que rigen la vida contemporánea tienen un efecto letal sobre el impulso amoroso. En un mundo que “parece conspirar contra la confianza”, y en el que hombres y mujeres tienden a sentirse descartables, nadie está dispuesto a invertir a largo (o mediano) plazo afectivo. Bastante antes que Bauman, el pensador alemán Erich Fromm ya había alertado sobre la crisis del sentimiento amoroso en la sociedad contemporánea. A fines de los años 50 escribió El arte de amar, y allí observaba que el predominio de la lógica de mercado, el consumismo y la feroz competencia individual conspiraban contra la capacidad afectiva de los seres humanos. Ante tan desalentador panorama, proponía trabajar en pos de una “fe racional en el amor”. Fromm no entendía este tipo de fe como una creencia, sino como “una convicción arraigada en la propia experiencia mental o afectiva”. Una certeza profunda, conseguida a costa de trabajo y dolorosa honestidad con uno mismo. Algo que, en medio de la vorágine diaria, permita a las personas creer “en el propio amor, en su capacidad de producir amor en los demás, y en su confianza”. Quizás en algo similar pensaba Mark Twain cuando, en el encantador Diario de Adán y Eva, le hacía decir a uno de los personajes: “Si me preguntan por qué lo amo, descubro que no lo sé. Y realmente no me interesa saber."

"El amor, esa locura necesaria", por Diana Fernandez Irusta - Diario La Nación, Argentina, 11/02/2007

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